Los patasarriba
Permalink to “Los patasarriba”Lo que yo veo: Un viejecito de huesos blandos cuya enfermedad no le deja sentarse recto. Despacio se agarra a los brazos de su sillón adaptado y desciende con cuidado; según apoya, se tuerce. Los músculos como un flan desparramado. Espachurrado como si la vida misma fuera una prensa hidráulica. Está incómodo, se remueve pero tampoco mucho, siempre acaba del mismo lado, la columna una J mayúscula, inicial de su nombre.
Lo que él ve es muy distinto. El sillón está mal, claramente, está torcido, los cojines hechos polvo, por culpa de la gente que se sienta patasarriba. Todo el día se pasan en su sillón, a veces normal, pero a veces al revés. Que quede claro, al revés es con la cabeza abajo, y las piernas donde debieran apoyar la cabeza. Vamos, todo mal. Así que normal, cualquiera se sienta derecho luego, después de ese cachondeo, que eso es lo que es, un cachondeo. Pero no deben existir, por lo que parece, vaya usté a saber qué son y si pesan o no pesan, porque parece que nadie más los ve más que él. Pero pesan, vaya que si pesan. Y suben y bajan y se sientan patasarriba y a veces uno y a veces hasta dos.
Le damos tres vueltas a lo mismo, se levanta pese a las dificultades y probamos todas el sillón. De alguna manera encontramos la postura en la que sí, quizás es verdad, está este cojín, o quizás los riñones, más hundido por la derecha. Y ahí está, las realidades se mezclan y él se queda más tranquilo.
Dos marineros en el jardín
Permalink to “Dos marineros en el jardín”Los primeros en llegar fueron los marineros. Con cierto tono de sospecha, desde su sitio en la mesa de la cocina y sin dejar de mirar por la ventana me llama. Ven, mira: tú a esos marineros ¿los ves?. Fue al describir sus gorras cuando me di cuenta de que dos botellas de agua interrumpían su campo de visión. Los tapones azules habían viajado a la profundidad de la escena y se habían desplegado en dos personajes idénticos, uniformados, en medio del jardín.
Comprobé mi hipótesis quitando las botellas de en medio. ¿Y ahora? ¿siguen ahí?. Ah, es verdad, ya no están.
La vez siguiente ya se quedaron. A partir de entonces ya no hicieron falta las botellas: los marineros ya eran parte del ecosistema del jardín. Botellas o no, allí estaban siempre, y quienes al principio estaban inertes, o simplemente circulando, se pusieron a hacer cosas. Clavaban postes, a veces, o arreglaban partes del jardín con sabe quién qué propósito. Pero los marineros se quedaron.
Con la aparición de los marineros volvieron algunos recuerdos de infancia. Como la gigantesca maqueta de Moby Dick en el embarcadero de Las Palmas. En el invierno del 54, tras un intento de rodar Moby Dick en Gales frustrado por el mal tiempo, la marejada y la niebla, el equipo de rodaje se trasladó a la isla de Gran Canarias. Mi padre tendría entonces ocho años y su padre, destinado en la isla, le llevó a ver el rodaje. Recuerda la maqueta del cachalote blanco, colosal a los ojos de un niño. Recuerda la disonancia entre los barcos balleneros, salidos de la mejor novela de aventuras, y las cámaras de rodaje, los gritos, las prisas, las gafas de sol venidas de Hollywood.
Es en Las Palmas donde el Ahab enloquecido de Gregory Peck, atrapado entre sogas y arpones, es arrastrado hacia el fondo del mar pegado al costado de la ballena, incapaz de liberarse. Es también en Las Palmas donde un Ahab muerto ondea su brazo por las olas, mientras su tripulación interpreta el gesto sin vida: He beckons.
—¿Lo veis? —dicen—, Ahab nos llama. Está muerto pero nos llama.
Los marineros del jardín han traído ese recuerdo, y otros tantos sobre su padre. Y otros tantos sobre Pipe, su querido hermano muerto. He beckons.

Chistes de Pipe
Permalink to “Chistes de Pipe”Van dos señores paseando juntos, y uno le dice al otro:
—¿Sabes? Ayer paseando por este mismo camino vi algo increíble. A lo lejos había un banco, y subido sobre el respaldo del banco ¡había un señor!
—¿Un señor?
—¡Como lo oyes! Un señor. Pero era un señor pequeñito. Muy pequeñito, como de un palmo de alto. Según me fui acercando, el señor me vio, y cuando ya estaba muy cerca ¡zas! ¡echó a volar y se fue!
—Pero hombre, sería un pájaro ¿no?
—¡Sería!
Nombrados los espíritus
Permalink to “Nombrados los espíritus”Nombrar las cosas es un gesto esencial en la habilidad humana para la supervivencia. No solo el hecho de nombrar, ni el nombre elegido, también el cuándo lo hacemos. El momento en el que el nombre se convierte en necesidad sitúa una realidad innegable, un nuevo status quo. Cuando nombramos recolocamos las guías, tiramos a la basura los patrones para elaborar otros nuevos, porque la realidad ya no se podía entender con el léxico de antes. Es la negación la que nos impide poner nombres, así que un nuevo nombre es siempre digno de celebración. En mi casa, ya por fin, viven los espíritus.
Mis padres hablan tranquilos mientras mi madre termina de hacer la comida. Mi padre está relajado. Les he pillado en medio de una conversación de la que se adivina cierta polémica.
—Ah, hija, a ver: ¿tú crees que existen los espíritus? —me pregunta mi padre. Yo ya se por donde va: está nombrando explícitamente, sentando acuerdos después del nombrado furtivo y experimental de las últimas semanas.
Al principio la cautela le llevaba a hablar de "esas personas que yo veo", pero obedeciendo a la naturaleza práctica del lenguaje pronto comenzó a llamarlos "fantasmas". Últimamente la palabra "espíritu" se ha ido colando en su vocabulario; eso sí, de una forma mucho más cuidadosa. Y es que hay una diferencia esencial entre el fantasma y el espíritu. El fantasma es un fenómeno, una fantasía que irrumpe en el campo visual. El fantasma es luz que se muestra donde no debería. Pero el espíritu es mucho más, es esencia humana, es aliento. Por eso la teología secuestra el espíritu, mientras que la mitología pagana se basta (¡y se sobra!) con el fantasma.
—¿Pero qué significa un espíritu para ti? —mi madre insiste en una definición más exacta.
—Cuando alguien ya no está, queda algo. Quedan cosas. Todo eso es el espíritu.
—¿El recuerdo? —simplifica ella.
—Sí, pero no solo.
—Sí que creo que existen, papá —contesto a su pregunta— y además están muy presentes —. Pienso, en particular, en los espíritus de su padre y de su hermano Pipe, que se han hecho fuertes y han ido ganando espacio y opacidad a medida que su cerebro ha ido enfermando.
—Pero ¿y eso es lo mismo que el alma? —pregunta mi madre.
—¡Naaa! —dice él—, el alma es propaganda de la Iglesia.
¡Oh, un cadáver!
Permalink to “¡Oh, un cadáver!”Esto es un joven actor que consigue un papel como extra en una obra de teatro de misterio y asesinatos. Tan solo tiene una frase: en un momento de la obra, el actor deberá abrir un armario y al encontrar el cuerpo sin vida de la víctima exclamará: "¡Oh, un cadáver!"
Es su primer papel con frase, así que entusiasmado ensaya la obra durante meses. Durante los ensayos abre el armario y al ver el muñeco provisional que lo ocupa, bien metido en su papel, exclama:
—¡Oh, un cadáver!
El director le da indicaciones; más convencido, más asustado, más exaltado, menos histriónico. Poco a poco, ensayo tras ensayo, el actor lo borda. Abre el armario, ve el muñeco, y exclama:
—¡Oh, un cadáver!
Está nervioso, claro, es su primera frase en un escenario y probablemente cómo lo haga definirá su carrera. Así que practica. Practica en su casa, en el autobús, no se salta un solo ensayo. Abre el armario, ve el muñeco, y exclama:
—¡Oh, un cadáver!
El día del estreno todo es distinto; las luces, el público, el vestuario. Los actores y actrices principales son grandes estrellas de la escena. Pero él ha ensayado su papelito con esmero, se tranquiliza y se concentra. Transcurre la primera parte de la obra y llega su momento. Entre las idas y venidas de los protagonistas de la obra, nuestro extra entra en escena. Todo va bien, se dirige al armario y espera su pie. Cuando llega su turno, se arma de coraje. Abre el armario con decisión.
En vez del muñeco, en el armario yace uno de los actores principales: el rostro blanco y sangriento, los ojos abiertos en una expresión aterradora, las ropas rasgadas, el cuello adornado por un brutal collar de hematomas. El extra, en absoluto shock, cae hacia atrás y chilla aterrado:
—¡¡Coño, un muerto!!
Hechizos de invocación
Permalink to “Hechizos de invocación”Después de los marineros llegaron otras presencias. Él les daba la bienvenida en silencio. No porque lo llevara en secreto o se avergonzara de ellos, más bien porque les aceptaba en la casa con toda la naturalidad y la generosidad de un buen anfitrión. No me di cuenta de lo permanente que era su presencia hasta que conocí al viejo campesino en el que se había convertido el jarrón con plumas de pavo de la entrada.
Fue un día en la consulta del médico del pueblo. Al pasar por la sala de espera le dimos los buenos días de rigor a un anciano que esperaba su turno. Tenía un aspecto desaliñado, vestía ropas viejas en tonos tierra y una camisa a cuadros marrón y turquesa. Al pasar la puerta de la sala, mi padre se volvió hacia mí, discreto, y me susurró "ese señor se parece al que hay en casa, ¿sabes dónde? El de la esquina de la entrada, según bajas la escalera." ¡Por supuesto! Un jarrón alargado de cristal repleto de plumas del pavo real adorna esa esquina. De inmediato entendí el parecido.
Algo particular de los fantasmas es que cuando aparecen, ya nunca se van. El hechizo de invocación es un cúmulo de coincidencias cósmicas. Un objeto en el lugar exacto, un rayo de atardecer entrando por el cristal correcto, una idea en su cabeza, una preocupación particular, un ruido, una sombra y ¡chas!, aparece un nuevo fantasma. La receta exacta que materializa la forma no se vuelve a repetir, pero el nuevo ser respira aliviado y se hace un hueco entre tantos otros. Con la forma, toma autonomía, identidad, y como quien busca una razón de ser, evoluciona día tras día.
Como el señor que sabe de cables.
Apareció por primera vez en una lucha desesperada por cargar la batería del coche sin herir su ego de ingeniero. Incapaz de conectarla correctamente, pero incapaz también de aceptar la ayuda de su hija, la batería quedó mal conectada.
—Papá, los cables están cambiados —intenté yo, sin éxito. Más tarde me habló de un señor con unas capacidades alucinantes de entender los cables y la electrónica, que sabe mucho de todo eso, quien le había avisado del error. Volvió semanas después, cuando le reparé el cableado del sistema de sonido ancestral que se había empeñado en poner a funcionar en la habitación donde hacen ejercicio. Después de un buen rato de cables y cacharros, metida debajo de la mesa mientras él me miraba sentado en su silla, lo dejé funcionando. Esa misma noche algo le llevó a deshacer la instalación, y no le quedó más remedio que pedirme ayuda al día siguiente.
—¿Sabes la radio de la habitación de la cinta de correr? Hay un señor que sabe mucho de cables: ayer lo dejó todo muy bien empalmado, cada cosa en su sitio...
—¡Que lo hice yo, papá! ¿Quieres que lo vuelva a arreglar? —y de nuevo se repite la escena, conmigo debajo de la mesa empalmado cables de audio de los 70. El señor de los cables con su salvadora presencia se materializa en torno a mi cuerpo. No hay explicación más convincente y reconfortante que un señor que sabe lo que hace. Así que al final el señor se queda.
Cuando hace recuento de sus fantasmas, es uno de los primeros en venirle a la mente.
—No te imaginas, hija —me asegura—, hace un trabajo fantástico. Se nota que sabe de lo suyo.
Modales y convivencia
Permalink to “Modales y convivencia”Aunque mi padre lleve años conviviendo únicamente con mi madre, conoce a la perfección las expectativas mínimas para una amable convivencia. Por eso, siempre es cordial con todos. Los observa con la curiosidad cautelosa de un niño, los saluda discretemente y con educación. Quizás una sonrisa o un alzamiento de cejas.
La chispa del encuentro
Permalink to “La chispa del encuentro”Hay una luz especial en los ojos de una persona cuando reconoce a otra.
Imagina esta escena: Estás en un bar tomando algo con una amiga. Habláis de cosas más o menos importantes, con familiaridad y cercanía. Tu amiga te mira mientras te habla, pero de vez en cuando sus ojos se deslizan ligeramente hacia uno de tus lados y quedan fijos, unos segundos, en algo del entorno tras de ti. Quizás una tele con el último video de Bad Bunny, quizás la colección de botellas de la barra. Sus ojos vuelven y aquí no ha pasado nada. Ahora imagina esto: tu amiga se fija en alguien que acaba de entrar en el bar, alguien a quien reconoce. No hace falta que te des la vuelta para saber que no está mirando la tele ni la decoración. Es la chispa del encuentro. Esa misma chispa, lo que te hace mirar.
Así brillan los ojos de mi padre. A veces hay algo que lo dispara: un reflejo en la ventana, una cortina que se mueve. A veces nada: el sillón, ese cuadro, la pared. Entendí lo que pasaba el día que mi madre y yo nos giramos hacia el mismo punto sin saber por qué. Era la mirada de mi padre lo que nos dirigía, el destello de sus ojos delatando una figura que aparece, y nuestra intuición respondiendo a una presencia evidente, indicada tan claramente como un niño señalando a la luna. El fogonazo de su mirada evidencia la presencia; sus gestos, apenas visibles por la hipomimia[1], describen el encuentro.
El fantasma abre la puerta de la cocina, se asoma, pero elige quedarse en el txoko. Cierra la puerta. El fantasma cruza la cocina, sin saludar. Sus ojos como un proyector holográfico en las naves de Star Trek. Confío en su mirada y se materializan los espectros.
La claridad de la duda
Permalink to “La claridad de la duda”En el pico de su angustia hay una claridad indiscutible.
—Yo estoy enfermo, y a veces veo personas —lo dice sin saber exactamente con quién habla—. Vosotras me decís que no están, que no son reales, pero yo los veo. Para mí son reales.
Mi padre es un ateo convencido, un ingeniero, hombre de ciencias. Lleva toda la vida aprendiendo a confiar en sus sentidos. ¿Y ahora resulta que le dicen que no, que en sus sentidos tampoco? ¿Dónde está la lógica en eso? En algo hay que confiar. Tiene razón, esas personas son realidad, una de ellas, la suya. Para mi perra el color rojo no existe. Y ahí estamos, la realidad de la una conviviendo con la realidad de la otra. El silencio es una palabra incomprensible, un símbolo sin sentido para quien nació sin poder oír, y para mi es una presencia asfixiante a veces hasta insoportable.
Le damos mucha importancia a eso de la realidad, teniendo en cuenta que vivimos en una constante alucinación controlada. Recupero las grabaciones sobre budismo y neurociencia que tanto me han acompañado en los peores momentos. Hablan de la limitación de los sentidos y del cerebro como una máquina imperfecta: compleja y maravillosa, claro, pero virtuosamente imperfecta.
Caminando por el paseo del Muro de San Lorenzo, en pleno verano, me voy cruzando con personas. Aquí va un señor agarrado al brazo de su esposa, ella lleva bolsas y mira al frente, y él le cuenta alguna historia mientras le clava sus dedos romos en el antebrazo. Ahí dos perros que tiran ansiosos porque ya no tienen playa donde correr. La chavala con cascos gigantescos que patina diestra esquivando a las multitudes. Aquí mi vecina. Me paro a saludar. Luego sigo. El guitarrista del paseo de camino a su sesión de tarde. Y así. Un evento, luego otro.
En realidad lo que ocurre es esto: a la vez, mis ojos ven cientos de personas, todas ellas se mueven, mis ojos lo ven todo. Ven sus prendas, sus accesorios, todos los colores. Otros cientos por el lateral derecho, tumbados en la playa, nadando, jugando a las palas. Coches: en un minuto ya han pasado unos treinta, hay otros trece aparcados, dos blancos, uno amarillo, el resto grises; una furgoneta. El semáforo de aquí está en verde, el de allá en ambar intermitente. Banderas, quince de un vistazo. Carteles, dos en cada farola. Cincuenta árboles, doce bancos, la escalera diez, la nueve, la ocho, la siete, la seis, la cinco, la escalerona. Veo lo que marca el termómetro. Veo lo que marca el reloj. Veo miles de ventanas, veo las abiertas, las cerradas. Lo veo todo. Todo. Por el centro de mi ojo lo veo nítido, en la periferia lo veo borroso y distorsionado. Un poquito más allá del centro de cada ojo, en realidad no veo nada.
Pero todo esto da igual. La máquina es imperfectamente virtuosa: todo lo que no importa, lo descarta. Todo lo que no ve, lo imagina. Y lo que importa y no descarta, lo usa para imaginar algo probablemente cercano a la realidad.
Mi padre a veces ve personas. Yo, a veces, también.
"La hipomimia es una señal médica en la que se aprecia un grado reducido de expresión facial. Puede ser causada por una discapacidad motora […], por la enfermedad de Parkinson, u otras causas, como factores psicológicos o psiquiátricos (por ejemplo, si un paciente no siente emociones y por lo tanto no muestra expresiones)." Wikipedia ↩︎
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This means that I use it to gather ideas, references, thoughts, and other material. This is not a finished text but a playground for me to work on.
